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La rendición del ego: un acto de fe


Hay momentos en el camino interior en los que la vida nos conduce, a veces suavemente y otras, con la fuerza de las tempestades, hacia un punto de entrega. La vida nos pide entregar las armaduras, las máscaras, todo lo que pesa y todo lo que hemos construido "para sobrevivir". Allí donde vamos, sólo lo que esté en sintonía con el corazón y en coherencia con la verdad del alma puede acompañarnos. No se trata de rendirnos por agotamiento, ni tampoco es derrota. Esta rendición no nace de la resignación, sino de una profunda confianza. No surge del miedo sino del amor.


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Rendirnos, en este sentido, es abrir los brazos y el corazón ante el misterio luminoso y expansivo de la vida. Rendirnos en plena confianza ante lo que Es. Es reconocer que no somos los dueños del curso, sino parte de un fluir más amplio y sabio que nos sostiene y guía. En la rendición auténtica, el control cede paso a la fe, y el miedo se disuelve en la certeza de que todo tiene un propósito, incluso aquello que el ego no comprende.

La rendición del ego es el punto donde dejamos de resistirnos a lo divino y permitimos que el Amor incondicional haga su trabajo silencioso. No es huida, ni negación; es el acto supremo de entrega consciente. Es la rendición del ego que hasta ese momento ha conducido nuestra vida y nuestros vínculos, ese antiguo guardián de nuestras historias, con quien hemos confundido nuestra identidad. En esa entrega, las viejas estructuras —las máscaras, las identificaciones, los apegos— comienzan a desmoronarse. Lo que creíamos ser se deshace, y en ese vacío se revela el Ser. Absoluto e inconmensurable. El ego, hasta ese momento condicionado, por creencias, defensas, miedos y programaciones limitantes, se disuelve en la luz de la Presencia y el amor incondicional de todo lo que es y somos. Es absorbido, transmutado y elevado por la fuerza del amor, que no lucha, sino que abraza. Entonces, de las cenizas de lo que fue, surge un nuevo fuego. Como el Ave Fénix, el ser renace: más libre, más verdadero, más coherente con su esencia. La rendición, así comprendida, es un retorno al origen. Es volver a habitar el centro del Ser, allí donde no hay lucha ni separación. Es confiar plenamente en los aspectos ascendidos de nuestra experiencia —aquellos planos sutiles de consciencia que nos acompañan y guían con amor infinito—.

Cuando nos rendimos al Amor, lo humano y lo divino se encuentran. No para anularse, sino para integrarse en una danza de creación más consciente. Y desde ese estado, la vida se vive no como una carga, sino como una expresión sagrada de la unidad que somos. Renacemos de las cenizas de lo vivido a expresiones más auténticas, en mayor transparencia y coherencia con la verdad del alma y su expresión terrenal más elevada posible.



Con Amor,


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